El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Era una afirmación extraordinaria. Y era, en buena medida, falsa: no como principio, sino como descripción del mundo. En ese mismo momento, cientos de millones de personas vivían bajo regímenes coloniales, dictaduras o sistemas de apartheid que sus propias potencias fundadoras sostenían o toleraban. La Declaración no describía la realidad de 1948. Describía el mundo que sus redactores querían construir. Esa distancia entre el principio y la realidad es, setenta y cinco años después, el tema más urgente de la política mundial.
Una idea que tardó siglos en formularse
La idea de que todos los seres humanos poseen derechos por el mero hecho de serlo es filosóficamente reciente. No tiene más de cinco siglos, y durante la mayor parte de ese tiempo fue minoritaria, perseguida o deliberadamente ignorada.
El primer debate sistemático sobre la dignidad universal ocurrió no en París ni en Filadelfia, sino en Valladolid, en 1550, cuando dos intelectuales españoles discutieron ante una junta de teólogos si los pueblos indígenas de América tenían los mismos derechos que los europeos. Bartolomé de las Casas defendió que sí. Juan Ginés de Sepúlveda argumentó que no. La junta nunca emitió un veredicto claro, pero el debate había ocurrido, y eso importaba: era la primera vez que una potencia colonial se preguntaba formalmente si tenía derecho moral a conquistar.





