15 octubre 2026

Punto de vista... La administración Trump ha decidido que la "inteligencia artificial" ya no se llamara así

Mediante un decreto presidencial, las agencias federales han sido instruidas para utilizar el término 𝘀𝘂𝗽𝗲𝗿𝗶𝗻𝘁𝗲𝗹𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 (SI) y, según ha declarado el propio presidente, quienes continúan empleando el término original serán tachados de 𝘦𝘯𝘦𝘮𝘪𝘨𝘰𝘴

Como profesionales del sector, nos debe preocupar mucho estas intenciones.

No se trata solo de un problema político, sino también técnico y semántico. La propia definición de 𝘀𝘂𝗽𝗲𝗿𝗶𝗻𝘁𝗲𝗹𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 ha existido y se ha utilizado desde hace décadas, y se refiere a un nivel de inteligencia mucho mayor que el de una persona y superior en todos los ámbitos. Se trata de una tecnología teórica que todavía no existe todavía, sobre la que se podría hablar en los círculos más altos de la industria pero lejos de la realidad del día a día.

Utilizar 𝘀𝘂𝗽𝗲𝗿𝗶𝗻𝘁𝗲𝗹𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 para referirse a los modelos actuales, desde asistentes de código hasta generadores de texto, no solo es inexacto: también es una práctica que nos perjudica en última instancia. Por muy arrogantes que sean nuestras declaraciones sobre la capacidad de realización instantánea y la omnipotencia, todo sistema debe tener una especificación clara para que se le pueda regular. Es una forma de inflar expectativas y, paradójicamente, de dificultar la rendición de cuentas.
La precisión del lenguaje es la base de cualquier regulación seria. Lo más preocupante es el mecanismo. El lenguaje técnico no se impone por decreto. Evoluciona en laboratorios, publicaciones revisadas por pares y comunidades de práctica.

Que un gobierno amenace con etiquetar de 𝘦𝘯𝘦𝘮𝘪𝘨𝘰 a quien use el término estándar 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗹𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗮𝗿𝘁𝗶𝗳𝗶𝗰𝗶𝗮𝗹 no es una estrategia de comunicación: es un intento de control y es una forma de censura.

Entiendo la intención de reposicionar la tecnología ante la opinión pública. Pero la confianza no se construye cambiando el nombre a algo que suena más grandioso. Se construye con transparencia, con límites claros y con un vocabulario que no confunda a ciudadanos ni a legisladores.

Seguiré usando 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗹𝗶𝗴𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗮𝗿𝘁𝗶𝗳𝗶𝗰𝗶𝗮𝗹.

No por rebeldía, sino porque es el término que describe lo que realmente hacemos. Y porque el lenguaje, cuando es preciso, es la primera línea de defensa contra el humo y la tecnología mal usada.