El coste de capital de una empresa ya refleja, en cierta medida, su vulnerabilidad ante la pérdida de biodiversidad. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la compañía aún no cuenta con una evaluación interna y específica de dicha exposición. Esta brecha entre lo que el mercado ya descuenta y lo que la propia empresa conoce acerca de sus riesgos vinculados a la naturaleza constituye hoy el principal riesgo financiero asociado a la biodiversidad.
La evidencia empírica lleva varios años acumulándose. Tras la
Declaración de Kunming de octubre de 2021, que cerró la primera fase de la
COP15 sobre biodiversidad, y tras el lanzamiento casi simultáneo del
Taskforce on Nature-related Financial Disclosures (TNFD), las acciones de empresas con huellas de biodiversidad más elevadas perdieron valor de forma medible en los días posteriores a ambos anuncios.
Los resultados indican que los inversores han comenzado a exigir una prima de riesgo ante la perspectiva, y la incertidumbre, de futura regulación o litigios para preservar la biodiversidad. No es un efecto puntual: los aumentos en la exposición regulatoria de las empresas al riesgo de biodiversidad se asocian con mayores diferenciales de rentabilidad en bonos a largo plazo, un efecto que se intensifica desde la
COP15.
La revisión de precios vinculada al riesgo de biodiversidad no afecta únicamente a las acciones y a la deuda. Las empresas con mayor exposición a este riesgo tienden a presentar un coste implícito de capital propio más elevado, lo que sugiere que los inversores reclaman una mayor rentabilidad como compensación. Incluso las firmas auditoras, tradicionalmente entre los agentes más prudentes del sistema financiero, comienzan a incorporar esta exposición en sus tarifas. La señal es clara y consistente: la biodiversidad ya no se percibe solo como una cuestión reputacional, sino como un factor que influye directamente en la fijación de precios financieros.
Y sin embargo, la mayoría de las empresas no lo sabe, o no actúa como si lo supiera. Menos del 25% de las compañías cree que los inversores evalúan cómo estos riesgos afectan a sus flujos de caja o a su coste de capital, y los propios participantes del mercado no consideran que la valoración actual del riesgo de biodiversidad en la renta variable sea adecuada.