Memoria y verdad. La negación de la historia vuelve a Argentina
En 1984 viajé a Buenos Aires como secretario general de la Asociación Pro Derechos Humanos de España. Llevaba una documentación, reunida por muchos compañeros durante mucho tiempo: testimonios de familiares de desaparecidos, entre ellos ciudadanos españoles y sus descendientes, hijos y nietos que habían perdido el rastro de sus padres o abuelos en algún centro clandestino de detención, una lista amplia, muy amplia de victimas de la Dictadura Militar argentina. La CONADEP, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, estaba en pleno trabajo de investigación. La presidía Ernesto Sábato. A él y a los otros miembros de la Comisión, le entregamos esa lista, en una reunión oficial que después quedó recogida en el propio Informe Nunca Más.
Unos meses antes de ese viaje, en plena dictadura, habían llegado miles de postales a la sede de la Asociación. Las enviaba, de forma orquestada, la propaganda del régimen militar. Negaban lo que nosotros denunciábamos. Decían que no había desapariciones, que no había represión sistemática, que se trataba de una campaña de desprestigio contra un gobierno que combatía el terrorismo. Guardé algunas de esas postales durante años. No como curiosidad de archivo, sino porque entendí pronto que la negación no es un fenómeno pasajero, sino una estrategia que se repite cada vez que el poder necesita borrar lo que hizo.
Cuarenta y dos años después, esa estrategia ha vuelto a Argentina, esta vez desde el propio gobierno de Milei.





