Serie de tres publicaciones para LinkedIn publicadas en mi muro.
El algoritmo no solo es el culpable
Llevamos años midiendo el problema por el lado equivocado. Sabemos cuántos minutos tarda en aparecer contenido misógino en el feed de un adolescente, cuántos vídeos necesita ver para que el algoritmo le inunde la pantalla. Lo medimos, lo documentamos y concluimos que el problema es tecnológico. Pero esa conclusión esquiva la pregunta que de verdad incomoda: ¿Por qué ese contenido engancha?.
Los algoritmos no crean preferencias. Las amplifican. Si un chico de quince años pasa horas mirando a alguien que le explica que el sistema está en su contra y que las mujeres son las responsables de su fracaso, no es porque la plataforma le haya lavado el cerebro. Es porque esa narrativa aterriza sobre un terreno ya abonado por la experiencia concreta de no llegar.
En España, un joven asalariado necesitaría destinar casi todo el sueldo para vivir solo. Más de la mitad de los varones de veintiocho años sigue en casa de los padres. El alquiler medio marca máximos históricos. Antes de que ningún gurú digital le diga una sola palabra, ese chico ya sabe que el futuro que le prometieron no existe. La manosfera no genera esa sensación. Llega después, cuando el móvil ya está encendido y la frustración lleva tiempo sin nombre.
Responder a esto con cursos de alfabetización digital es como tratar una fractura con un antiinflamatorio. Alivia el síntoma visible, deja intacto el hueso roto. Mientras no haya vivienda asequible, salarios que permitan proyectos de vida y un horizonte que no se cierre a los veinticinco años, siempre habrá alguien dispuesto a vender respuestas sencillas a preguntas que los adultos no quieren responder.
Hay un dato que no suele aparecer en los debates sobre radicalización masculina y que lo explica mejor que muchos estudios de plataformas: desde los años noventa, el número de hombres que afirman no tener ningún amigo cercano se ha multiplicado por cinco. No menos amigos, sino ninguno. Ninguna persona a quien llamar un domingo por la tarde sin motivo aparente.
La sociabilidad masculina dependía de infraestructuras que ya no existen: el trabajo estable con compañeros que duraban décadas, el espacio físico de encuentro cotidiano, el grupo que no se disolvía con el tiempo. Todo eso se ha ido y no se ha construido nada equivalente. Lo que queda, para muchos chicos, es contacto constante sin intimidad real. Grupos, chats, interacción permanente y, aun así, ningún sitio donde decir algo verdadero sin pagar el precio de la burla.
La manosfera entiende ese vacío mejor que la mayoría de las instituciones. Ofrece exactamente lo que falta: un lugar donde la inseguridad tiene nombre, una comunidad con lenguaje compartido y la sensación de que alguien, por fin, te está hablando a ti. Que lo que ofrece sea dañino no lo hace menos real como experiencia de pertenencia.
El feminismo ha construido durante décadas un diagnóstico sólido sobre los costes de la masculinidad tradicional. Ese trabajo es necesario y no está terminado. La desigualdad estructural que afecta a las mujeres en el empleo, en el reparto del cuidado y en la seguridad persiste, y seguir desmantelándola no es negociable. Pero el diagnóstico sobre lo que daña no basta si no va acompañado de una propuesta sobre lo que puede reemplazarlo. Un chico de quince años no necesita solo saber qué modelo de masculinidad rechazar. Necesita alguna idea de a qué aspirar. Ese relato, afirmativo y creíble, está casi ausente del espacio progresista. La manosfera llena ese hueco con lo que tiene: jerarquía, desprecio y la promesa de que dominar es lo mismo que existir.
A eso se añade que muchos chicos llegan a la adolescencia con un imaginario sexual formado casi en exclusiva por la pornografía de consumo masivo, un contenido que no enseña deseo sino posición. El hombre como sujeto activo, la mujer como objeto disponible. No es un accidente de la industria, es su producto principal. Y llega años antes que cualquier gurú digital.
Construir una alternativa real pasa por crear espacios donde los chicos puedan vincularse sin que mostrar vulnerabilidad sea un riesgo. Y pasa por sostener al mismo tiempo la agenda de igualdad, no como concesión sino como condición: un modelo de masculinidad que no se apoye en el dominio sobre los demás es, también, menos peligroso para las mujeres.
Según el último barómetro del CIS, cerca del 29 % de los varones españoles de entre dieciocho y treinta y cuatro años declara simpatía o voto hacia opciones de ultraderecha. Entre las mujeres de la misma franja de edad, casi la mitad se sitúa en el espacio de la izquierda. La brecha no ha aparecido de golpe. Lleva años ensanchándose y hay actores concretos que han trabajado para que así sea.
La manosfera no es solo un fenómeno cultural difuso. Es un negocio con modelo de ingresos claro, replicable por franquicia, y es una operación política con manual exportable. Lo que Andrew Tate construyó como academia de pago, se adaptó al mercado español con miles de denuncias por presunta estafa como resultado. Lo que Turning Point USA desplegó en campus estadounidenses, se intentó importar literalmente a las universidades públicas de este país. El formato viaja, es universal, porque el vacío que explota es el mismo en todos los sitios.
Frente a esto, la respuesta no puede agotarse en la denuncia ni en la regulación de plataformas. Cerrar cuentas no cierra el vacío. Para eso hacen falta políticas con evidencia detrás.
Brasil lleva más de dos décadas aplicando el Programa H, un currículo de educación en masculinidades con evaluaciones de impacto reales, incluyendo ensayos controlados, que muestra reducciones medibles en violencia de pareja y mayor disposición al cuidado. Existe en español y no requiere inventar nada nuevo.
Noruega creó en 2022 el Mannsutvalget, una comisión oficial para analizar las desigualdades que afectan específicamente a los hombres, presidida por una líder sindical y encuadrada en un marco feminista. El informe resultante reconoce que muchos chicos no sienten que la igualdad vaya con ellos, y propone políticas para revertirlo sin cerrar ningún capítulo de la agenda de las mujeres. Cualquier gobierno europeo podría replicar el modelo. Ninguno lo ha intentado todavía.
España tiene, además, algo que pocos conocen: desde julio de 2025, el permiso de paternidad es de diecinueve semanas intransferibles, uno de los más ambiciosos del continente. Un padre que pasa casi cinco meses solo al cuidado de un recién nacido no vuelve al trabajo siendo el mismo. Y un chico que crece viendo a su padre en ese papel tiene una referencia distinta a la que ofrece cualquier canal de YouTube.
Responder a esto con cursos de alfabetización digital es como tratar una fractura con un antiinflamatorio. Alivia el síntoma visible, deja intacto el hueso roto. Mientras no haya vivienda asequible, salarios que permitan proyectos de vida y un horizonte que no se cierre a los veinticinco años, siempre habrá alguien dispuesto a vender respuestas sencillas a preguntas que los adultos no quieren responder.
La recesión de la amistad
Hay un dato que no suele aparecer en los debates sobre radicalización masculina y que lo explica mejor que muchos estudios de plataformas: desde los años noventa, el número de hombres que afirman no tener ningún amigo cercano se ha multiplicado por cinco. No menos amigos, sino ninguno. Ninguna persona a quien llamar un domingo por la tarde sin motivo aparente.
La sociabilidad masculina dependía de infraestructuras que ya no existen: el trabajo estable con compañeros que duraban décadas, el espacio físico de encuentro cotidiano, el grupo que no se disolvía con el tiempo. Todo eso se ha ido y no se ha construido nada equivalente. Lo que queda, para muchos chicos, es contacto constante sin intimidad real. Grupos, chats, interacción permanente y, aun así, ningún sitio donde decir algo verdadero sin pagar el precio de la burla.
La manosfera entiende ese vacío mejor que la mayoría de las instituciones. Ofrece exactamente lo que falta: un lugar donde la inseguridad tiene nombre, una comunidad con lenguaje compartido y la sensación de que alguien, por fin, te está hablando a ti. Que lo que ofrece sea dañino no lo hace menos real como experiencia de pertenencia.
El feminismo ha construido durante décadas un diagnóstico sólido sobre los costes de la masculinidad tradicional. Ese trabajo es necesario y no está terminado. La desigualdad estructural que afecta a las mujeres en el empleo, en el reparto del cuidado y en la seguridad persiste, y seguir desmantelándola no es negociable. Pero el diagnóstico sobre lo que daña no basta si no va acompañado de una propuesta sobre lo que puede reemplazarlo. Un chico de quince años no necesita solo saber qué modelo de masculinidad rechazar. Necesita alguna idea de a qué aspirar. Ese relato, afirmativo y creíble, está casi ausente del espacio progresista. La manosfera llena ese hueco con lo que tiene: jerarquía, desprecio y la promesa de que dominar es lo mismo que existir.
A eso se añade que muchos chicos llegan a la adolescencia con un imaginario sexual formado casi en exclusiva por la pornografía de consumo masivo, un contenido que no enseña deseo sino posición. El hombre como sujeto activo, la mujer como objeto disponible. No es un accidente de la industria, es su producto principal. Y llega años antes que cualquier gurú digital.
Construir una alternativa real pasa por crear espacios donde los chicos puedan vincularse sin que mostrar vulnerabilidad sea un riesgo. Y pasa por sostener al mismo tiempo la agenda de igualdad, no como concesión sino como condición: un modelo de masculinidad que no se apoye en el dominio sobre los demás es, también, menos peligroso para las mujeres.
De la denuncia a la alternativa
Según el último barómetro del CIS, cerca del 29 % de los varones españoles de entre dieciocho y treinta y cuatro años declara simpatía o voto hacia opciones de ultraderecha. Entre las mujeres de la misma franja de edad, casi la mitad se sitúa en el espacio de la izquierda. La brecha no ha aparecido de golpe. Lleva años ensanchándose y hay actores concretos que han trabajado para que así sea.
La manosfera no es solo un fenómeno cultural difuso. Es un negocio con modelo de ingresos claro, replicable por franquicia, y es una operación política con manual exportable. Lo que Andrew Tate construyó como academia de pago, se adaptó al mercado español con miles de denuncias por presunta estafa como resultado. Lo que Turning Point USA desplegó en campus estadounidenses, se intentó importar literalmente a las universidades públicas de este país. El formato viaja, es universal, porque el vacío que explota es el mismo en todos los sitios.
Frente a esto, la respuesta no puede agotarse en la denuncia ni en la regulación de plataformas. Cerrar cuentas no cierra el vacío. Para eso hacen falta políticas con evidencia detrás.
Brasil lleva más de dos décadas aplicando el Programa H, un currículo de educación en masculinidades con evaluaciones de impacto reales, incluyendo ensayos controlados, que muestra reducciones medibles en violencia de pareja y mayor disposición al cuidado. Existe en español y no requiere inventar nada nuevo.
Noruega creó en 2022 el Mannsutvalget, una comisión oficial para analizar las desigualdades que afectan específicamente a los hombres, presidida por una líder sindical y encuadrada en un marco feminista. El informe resultante reconoce que muchos chicos no sienten que la igualdad vaya con ellos, y propone políticas para revertirlo sin cerrar ningún capítulo de la agenda de las mujeres. Cualquier gobierno europeo podría replicar el modelo. Ninguno lo ha intentado todavía.
España tiene, además, algo que pocos conocen: desde julio de 2025, el permiso de paternidad es de diecinueve semanas intransferibles, uno de los más ambiciosos del continente. Un padre que pasa casi cinco meses solo al cuidado de un recién nacido no vuelve al trabajo siendo el mismo. Y un chico que crece viendo a su padre en ese papel tiene una referencia distinta a la que ofrece cualquier canal de YouTube.
La censura no gana esta batalla. La gana quien construya una oferta mejor: vivienda, tiempo, comunidad, referentes y una infraestructura cultural capaz de competir por la atención de los jóvenes en su propio terreno. El diagnóstico no es nuevo, lo conocemos hace tiempo Lo que falta es la decisión de actuar por parte de los que tienen responsabilidad de hacerlo.