Este texto analiza cómo esta generación está cambiando las reglas del juego político. Con un enfoque especial en los recientes acontecimientos en Nepal y Madagascar, se exploran los motores comunes de este descontento, como la crisis económica y la frustración con sistemas políticos que les dan la espalda. Se examinan tanto las enormes oportunidades que estos movimientos abren para fortalecer la democracia, exigiendo más participación y rendición de cuentas, como los graves riesgos que enfrentan, desde la represión estatal hasta el peligro de crear vacíos de poder. Finalmente, se reflexiona sobre el desafío crucial de convertir la energía de la protesta en cambios institucionales sólidos y duraderos.
Los jóvenes de la Generación Z están cambiando el mundo político de una forma nunca antes vista. Esta generación, de personas nacidas entre 1997 y 2012, ha sido capaz de ayudar a derribar gobiernos y organizar grandes protestas en muchos países, desde Marruecos y Senegal hasta Perú, Kenia, Nepal y Madagascar. Lo que los hace diferentes es cómo usan la tecnología y las redes sociales para organizarse muy rápido y de manera efectiva.
Estos jóvenes se comunican principalmente usando plataformas como Facebook, TikTok e Instagram para crear movimientos que se difunden por todo el mundo en muy poco tiempo. No necesitan tener líderes fijos como antes, porque se organizan de una manera más horizontal, donde la opinión de todos cuenta. Lo que piden es muy claro y directo: quieren que se acabe la corrupción, que los gobiernos sean transparentes, tener verdaderas oportunidades de trabajo y luchar contra la desigualdad que ven a su alrededor todos los días.
Algunos casos muy claros demuestran el poder real que tiene esta generación. En Sri Lanka, durante el año 2022, una campaña en redes sociales llamada GoHomeGota hizo que el presidente Gotabaya Rajapaksa tuviera que renunciar después de que su familia controlara el país por décadas. Los jóvenes llenaron las calles y las redes con mensajes pidiendo que se fuera, y al final lo lograron. En Perú, entre 2022 y 2023, las protestas que hubo después de que sacaran al presidente Castillo demostraron que los jóvenes estaban cansados de todos los políticos tradicionales. No apoyaban a un partido en particular, sino que rechazaban todo el sistema político, que sentían que era corrupto y no les prestaba atención.
Kenia vivió una situación parecida en 2024, cuando las protestas contra nuevos impuestos obligaron al gobierno del presidente Ruto a cancelar sus planes. Los jóvenes kenianos usaron las redes sociales para coordinar manifestaciones que paralizaron el país hasta que el gobierno tuvo que ceder.
El caso de Nepal es muy interesante, porque entre 2022 y 2024, las protestas de los jóvenes fueron una pieza clave en la caída del gobierno de Sher Bahadur Deuba. Los jóvenes nepalíes se organizaron sobre todo con TikTok y Facebook, pidiendo que se terminara la corrupción que sentían que era parte del día a día en su país. También exigían el fin de la inestabilidad política que nunca se acaba en Nepal, donde los gobiernos cambian una y otra vez sin solucionar los problemas de la gente. Sin embargo, la frustración juvenil continuó creciendo durante 2024 y principios de 2025, ya que vieron cómo los mismos políticos de siempre simplemente formaban nuevas alianzas para seguir en el poder, sin producir los cambios profundos que ellos pedían. Las manifestaciones de los estudiantes en la capital, Katmandú, fueron muy importantes para presionar al Gobierno hasta que se disolvió el parlamento y se llamaron a nuevas elecciones.
Madagascar también sintió la fuerza de su juventud entre 2022 y 2023 . Los jóvenes del país organizaron protestas enormes contra el gobierno de Andry Rajoelina, usando hashtags como #MadagascarDebout para unirse. Lo que encendió estas protestas fue la terrible crisis económica del país, con precios que no paraban de subir y una falta total de oportunidades para los jóvenes. Hay que tener en cuenta que el 70 por ciento de la gente en Madagascar tiene menos de 30 años, lo que explica la gran fuerza de estas movilizaciones. Aunque el presidente Rajoelina se aseguró otro mandato tras unas polémicas elecciones a finales de 2023, las protestas lideradas por jóvenes continuaron en 2024, ahora denunciando fraude electoral y una crisis económica que no mejoraba. El gobierno respondió con más fuerza, lo que hizo que gran parte del activismo se moviera al mundo digital para evitar la represión en las calles. A principios de 2025, la situación económica seguía siendo muy mala, lo que mantenía un ambiente de gran descontento entre una juventud cada vez más desesperanzada. Al final, parte del ejército se ha unido a estas protestas y el Gobierno ha tenido que exiliarse, iniciándose una nueva etapa política.
Cuando miramos los casos de Nepal y Madagascar, vemos problemas parecidos que se repiten en todos los países. Ambos países tienen crisis económicas muy graves, diferencias sociales y económicas muy amplias, y un desempleo juvenil altísimo; en Nepal es del 19 por ciento y en Madagascar del 22 por ciento, cifras parecidas o incluso mayores en los otros países, dejando un panorama sin futuro, ni oportunidades, abocando a toda una generación a la inmigración. Esta falta de futuro crea una frustración muy grande en los jóvenes, que sienten que sus gobiernos no les dan soluciones. La corrupción, que parece estar en todas partes es otro factor clave. La gente siente que los políticos se hacen ricos mientras los jóvenes no tienen ninguna oportunidad. Y esta no es solo una sensación, se basa en casos de corrupción que los jóvenes ven y denuncian en las redes sociales.
La frustración con la democracia también es fundamental para entender lo que pasa. En Nepal, la política era tan inestable que los gobiernos no duran nada y no arreglan nada. En Madagascar, el gobierno se había vuelto cada vez más autoritario, limitando las libertades de la gente.
Los métodos que usan los jóvenes para organizarse son muy parecidos en todas partes. Facebook y TikTok se han vuelto sus herramientas principales para llamar a protestas y coordinarse. Crean mensajes muy poderosos que rechazan a los políticos de siempre y proponen nuevas formas de hacer las cosas.
También incorporan elementos culturales tradicionales en sus protestas para darles legitimidad. No rechazan completamente su cultura, sino que la usan de manera inteligente para conectar con sectores más amplios de la población y mostrar que su lucha no es solo contra el gobierno, sino por un futuro mejor para su país.
Estas movilizaciones juveniles crean oportunidades importantes para la democratización. Presionan por cambios reales en las constituciones para hacerlas más inclusivas y representativas. Demandan mecanismos genuinos de participación ciudadana que vayan más allá de votar cada ciertos años. Exigen sistemas de rendición de cuentas que funcionen de verdad y no solo en el papel.
También diversifican la representación política al cuestionar a las élites enquistadas que han controlado el poder durante décadas. Promueven liderazgos más diversos y jóvenes que reflejen mejor la composición real de sus sociedades. Sus agendas se centran en derechos humanos, sostenibilidad ambiental y justicia social de maneras que las generaciones anteriores no habían priorizado.
Fortalecen la sociedad civil al crear nuevas formas de organización social que no dependen de estructuras tradicionales como partidos políticos o sindicatos. Desarrollan mecanismos propios de vigilancia ciudadana usando la tecnología para monitorear a los gobiernos. Construyen redes de solidaridad que trascienden fronteras nacionales y comparten estrategias y experiencias entre diferentes países.
Al mismo tiempo, estos movimientos se enfrentan a riesgos muy grandes. A veces, cuando un gobierno cae, no hay una buena alternativa lista para reemplazarlo, y eso puede crear un caos que es aprovechado por líderes autoritarios. Además, los políticos tradicionales intentan controlar estos movimientos o simplemente los reprimen con violencia, lo que puede generar más conflicto y polarización.
Para que toda esta energía juvenil se convierta en mejoras democráticas que duren, se necesitan varias cosas. Es clave que los cambios se hagan por parte de las instituciones, con reformas a las leyes electorales que den más espacio a los jóvenes y con mecanismos para que los ciudadanos participen siempre. También es muy importante construir alternativas políticas reales, como nuevos partidos o movimientos con ideas frescas y líderes preparados para gobernar. El activismo también debe evolucionar, pasando de solo protestar a proponer soluciones concretas y construir alianzas fuertes con otros grupos de la sociedad.
En resumen, la Generación Z es tanto la mayor oportunidad como el mayor desafío para la democracia en nuestro tiempo. Su poder para movilizar a la gente es increíble, pero su capacidad para lograr un cambio verdadero y duradero dependerá de si logran construir instituciones fuertes que puedan transformar esa energía en un futuro mejor y más justo para todos. Lo que estamos viviendo nos recuerda que la democracia no es algo que se tiene y ya está, sino un proceso que cada generación debe construir y defender.
A tener en cuenta que este movimiento puede extenderse, incluso, porque no, a los países del primer mundo.
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